Libros

Cambio de Lado – Capítulo 3

Compartir en Whatsapp

Capítulo 3: El camino inverso

El maestro eligió la habitación más pequeña y ordenó sus pertenencias. En la pequeña mesa, debajo de la ventana, colocó tres libros y su enfundada notebook. La ropa, en su mayoría deportiva, la acomodó dentro del placar. Antes de cambiar su pantalón largo por uno corto blanco, sacó su celular, apretó uno de los botones, miró la casilla de mensajes rápidos y luego lo dejó sobre la mesita de luz. De los tres pares de zapatillas, optó por calzarse las de running y se fue hacia el parque.
El joven lo esperaba sentado en el pasto, bajo uno de los árboles. Apoyaba su espalda sobre el tronco. Habían acordado encontrase allí una vez que el maestro acomodara el equipaje. A esa hora de la mañana el viento estaba muy tranquilo. El sol iluminaba el verde del césped y resaltaba el color de cada una de las flores.
—¡Qué hermoso tenés el parque! — dijo el maestro al encargado.
—Gracias, señor Mahendra.
—Juan, no me digas señor, por favor.
Eran las 10.30 de la mañana. Al ver el calzado del maestro, el jugador anticipó que la actividad de esa mañana no sería precisamente en cancha.
—Pensé que haríamos algo de tenis aprovechando la mañana.
—Tranquilo, empezaremos nuestro entrenamiento caminando hacia la playa y luego correremos por la arena.
Eligieron ir por la avenida Santa Fe. Calle de tierra, como todas las de ese barrio residencial. Los pinos a cada lado y también en el cantero que separa las dos vías, alternaban sombras y sol sobre el camino. Había también un arroyo, que se encontraba cerca de allí. Todo estaba muy tranquilo, la temporada de verano había finalizado.
—Tomás… ¿Podés contarme cuál es tu deseo?
El muchacho elevó las cejas.
—Volver a jugar bien. Quiero recuperar mi nivel.
El maestro, como si se hubiese quedado pensando en la respuesta, dejó una pausa antes de volver a preguntar.
—¿Para qué querés jugar bien?
—Para ganar.
—¿Y para qué querés ganar?
Una actitud de interés y respeto hizo que Tomás no se preguntara hacia dónde lo llevaría el maestro con esos interrogantes. Intuía que alguna enseñanza estaría esperando. Simplemente respondía.
—Ganar me hace sentir bien, me hace sentir valorado, que soy bueno.
—Y ese sentirte bien, ¿de qué otra manera lo podrías llamar?
—¡Sentirme feliz!
—Te propongo otro enfoque.
—¿Cómo?
—¿Todo lo que deseás es porque finalmente querés ser feliz?
—Sí, claro.
—Al escucharte interpreto que lo decís de una manera como si te faltara algo, algo para sentirte pleno y feliz.
—Sí, creo que sí.
—¿Y si esa fuera solo una manera de pensar? ¿Una creencia?
El joven no entendía a qué se refería el maestro.
—Te propongo un cambio de mirada…
—¿Me puede dar un ejemplo, Mahendra?
—Lo que te hace sentir pleno o incompleto no es lo que sucede, sino cómo interpretás lo que sucede. Podés sentir que no sos feliz porque perdiste tu estado, el estado que te permitía jugar y lograr resultados y que no volverás a ser feliz hasta que no lo recuperes. ¿Qué pasaría si ves la misma situación, pero de una manera que la puedas interpretar a tu favor?
—¿A mi favor? ¿Pero si estoy jugando mal?
—Es verdad, pero… ¿Y si esto te sucediera no por algo malo sino porque estás necesitando crecer en otros aspectos, aquellos que necesitás para vivir más plenamente la vida? ¿Qué pasaría si pudieras ver esto no desde un lugar de víctima, sino de poder y, desde esa posición darte cuenta de que la vida a través de lo que te está pasando quiere mostrarte por donde tenés que superarte para ser algo más grande de lo que sos hoy?
El jugador le pidió que le repitiera las últimas preguntas.
—La situación es la misma —dijo el maestro—, lo que cambia es si elegís verla desde una posición de limitación o de poder. Si te decidís por empoderarte entonces vas a poder reinterpretar la situación de una manera que te abra posibilidades en dirección a tus objetivos. Se trata de dar vuelta en tu mente lo que sucede para usarlo a tu favor.
Tomás seguía atentamente las palabras del maestro.
—¿A vos te gusta ganar Tomás?
—¡Claro!
—¡A mí también me encanta ganar! —dijo el maestro disfrutando la frase— ¿Te gusta ganar o ser un ganador?
—¿No es lo mismo? ¿Cuál es la diferencia?
—Se puede jugar bien y ganar torneos. Vos podés volver a jugar bien y nuevamente levantar trofeos. Pero eso no significa ser un ganador. Para ser un ganador necesitás una mente ganadora.
Cuando el maestro comenzó a hablar sobre ganar y mente ganadora, el entusiasmo comenzó a elevarse en el joven.
—¿Cómo es una mente ganadora?
—Una mente ganadora es la que te convierte siempre en un ganador, no solo en la cancha, en la vida. Te hace invencible, porque a todo lo que suceda vas a darlo vuelta en la cabeza para usarlo a tu favor. Por ejemplo, esto que te está pasando.
—¡Me gusta esto de la mente ganadora!
—Que bueno Tomás, porque todo lo que hagamos durante estos treinta días va a estar orientado en esa dirección.
—¿Mahendra, me será posible lograr una mente ganadora?
—Simplemente te sugiero que pienses que sí, solamente por un tiempo. Y quiero que recuerdes que tu nivel de juego hoy no está dado por tus capacidades y talentos, sino por la cantidad de autolimitaciones que impiden que puedas usarlos. Hasta que no puedas atravesar estas barreras no podrás desarrollar tu máximo potencial en competencia. Necesitas de una mente ganadora para poder hacerlo. Y por ahora basta de palabras.
Llegaron a la playa. Se quitaron el calzado y caminaron en dirección a la orilla sobre el angosto y curvado sendero hecho de pequeñas tablas de madera, que protegían los pies de la arena cuando estaba muy caliente.
El maestro eligió un lugar cerca del puesto de guardavidas. Se quitó la remera y la dejó sobre sus zapatillas. El jugador lo imitó. Luego apoyó la mano derecha sobre la espalda del jugador invitándolo a ir más cerca del agua. Se detuvieron justo en el límite donde las olas, ya habiendo agotado su impulso, comienzan a volver.
—Cerrá los ojos —comenzó diciendo y, dejando un espacio de tiempo entre consigna y consigna continuó guiando al joven— Llevá la atención a tus sentidos. Sentí el frío de la arena bajo tus pies. La brisa acariciando tu piel. Escuchá el sonido de las olas. Olé el aroma del mar. Ahora, abrí los ojos. Mirá, observá los colores, el movimiento del mar.
El maestro comenzó a caminar aumentando la velocidad de sus pasos. El jugador lo hizo junto a él. Y comenzaron a trotar por la orilla junto al mar. Lo hicieron sin prestarle atención al tiempo. De vez en cuando el maestro hacía un gesto, señalando sus oídos, sus ojos o su nariz, recordándole que estuviese en sus sentidos.
¡Guau, qué liviano me siento!, pensó Tomás, riéndose. Hacía tiempo que no se sentía tan bien como en esa mañana.

Artículos Relacionados

Compruebe También
Cerrar
Volver al botón superior
Open chat
Nos Conectamos....